Internet

La lógica detrás del internet determina el comportamiento de los usuarios a la vez que les crea una ilusión de libertad.

¿Qué habría pensado Nietzsche de esta época? Me refiero a esta época en que el internet ha sustituido las funciones que otrora confiábamos a Dios.

Hoy procuramos hacernos a imagen y semejanza de nuestros ídolos virtuales: adoptamos sus ideologías, su imagen, sus palabras, sus gustos; imitamos sus acciones.

Acudimos al internet para obtener respuestas y le confiamos las inquietudes y costumbres que a nadie más le confiaríamos.

El internet nos guía en nuestro camino al trabajo, a la escuela, de regreso a casa. Nos cuida, incluso. También nos escucha y observa.

A él encomendamos nuestra identidad. No la que nos inventamos y que procuramos creernos para sentirnos medianamente estables, sino la real, la inconsciente, la que se expresa en clics, Me gusta, Me encanta, Me entristece; en las cuentas que seguimos, en los temas sobre los que opinamos y sobre los que no opinamos.

Internet sabe quiénes somos y, de alguna manera, prueba y aprueba que existimos.

Juárez estaría muy contento de ver que la Iglesia no sabe usar internet, porque este nuevo Dios -paradójica y problemáticamente laico-, posee nuestros registros civiles: actas de nacimiento, matrimonio, CURPs. Todo está en la web, todo se crea y se obtiene en ella. Todo se preserva, incluidos los deslices pasados que, en algún momento, alguien capitalizará política, judicial, económicamente.

El internet, la web, en particular, el Big data, nos conoce tan bien que nos adivina; decide el contenido que veremos en redes porque tiene la certeza de que habrá de interesarnos; decide qué anuncios nos mostrará porque sabe qué necesitamos, qué nos interesa en este momento, como lo sabrá en el que sigue. Oculta todo aquello que, sabe bien, no llamará nuestra atención. Y lo hace mientras siembra, en cada uno, la ilusión del libre albedrío.

Nos sentimos libres en internet porque creemos que solo ahí elegimos qué ver, qué leer, qué consumir, qué comprar, qué compartir, con qué entretenernos. Pero eso no es preciso. Quizá sea, incluso, falso. Así como nuestras creencias, gustos, hábitos y actitudes en la realidad están determinadas por nuestra historia de vida, por las experiencias que han nutrido nuestra trayectoria, así lo que se muestra en pantalla está determinado por lo que ya antes se ha mostrado o se ha revelado como un contenido que debería mostrarse.

Este Dios moderno, condescendiente, complaciente, consentidor, tiene el defecto de uniformarnos, simplificarnos, aplanarnos y, en ocasiones, embrutecernos. No admite el disenso y la razón de ello es sencilla: un disenso no se puede monetizar. Solo vende lo que nos agrada. Ergo, solo ha de mostrarse lo que nos gusta.

Internet nos ha acostumbrado a no admitir a quienes disienten. Nos ha dotado de herramientas para alejar a quien no encaja con nuestra idea del deber ser: al machín, a la feminista, al seguidor del presidente, a su detractor, al tierraplanista, al científico, al que, en suma, situamos en el polo contrario al nuestro.

Lo que es, ha dejado de importar. Es demasiado complejo, incluso riesgoso. ¿Para qué considerar la complejidad de los demás si podemos consumir, únicamente, su versión digital, mucho más simple y clara, como quien elige la caricatura en vez de a la persona?

Somos perezosos. Incluso los más aguerridos defensores de la justicia (y aquí se puede adjetivar “justicia” con lo que sea: social, de género, económica) solo atienden a aquello que confirma sus creencias y rechazan lo que las pone en duda. (¿Será por eso que tantos universitarios -tan asiduos de las redes- ya no aprenden a investigar?)

Quien insiste en el disenso puede ser fácilmente bloqueado o denunciado. Si la denuncia formal en las plataformas no es suficiente, siempre es posible promover el linchamiento, acción especialmente efectiva (por impune) en un atmósfera digital dedicada a hacer, de todos, seres puros, políticamente correctos, moralmente intachables, pero verdaderamente imposibles: humanos demasiado no humanos. Una atmósfera que elimina lo que trasgrede (o lo que trasgredió, porque la marca de esta época es el anacronismo: pensar que los valores actuales han estado vigentes desde el principio de los tiempos), lo que molesta con su sola presencia, lo que incomoda; poblada de usuarios necesitados de aprobación, tan frágiles que una cara sonriente los desestabiliza y cualquier cosa que no comprenden les ofende.

¡No hablemos de la ira que desata un argumento en contra! Los intelectuales de internet no distinguen entre manifestar un desacuerdo con una idea y manifestar un rechazo hacia una persona. Vivimos la época del eufemismo eterno, porque no se sabe quién sí soporta las descripciones certeras, las bromas hirientes, las verdades necesarias, y quién no; quién, por el contrario, acabará acusándonos de intolerantes, bullys, racistas, gordófobos, misóginos, fascistas.

Los mejores usuarios de las redes son aquellos prestos a señalar porque producen tráfico virtual. Señalan de manera acrítica, dogmática, desde una pretendida superioridad moral desde la que miran al resto de las pobres almas equivocadas. Los peores usuarios de las redes son aquellos dispuestos a criticar, a argumentar, porque, ¡qué aburrido! Nadie quiere leer eso. Para eso está la escuela, los libros, los sabihondos de allá fuera. Las redes, como la televisión, no admiten la crítica, sino solo la criticonería: el señalamiento en rebaño, el impulso visceral en contra de lo que no entendemos ni trataremos de entender.

Si las noticias falsas están en su apogeo es porque la pereza intelectual está en su apogeo. Si las etiquetas, que clasifican y separan, pero nunca explican (ninis, chairos, feminazis, machos, boomers, fifis, chayoteros, whitexicans, nenis), abundan en internet, es porque le hacen la vida más fácil a los perezosos. Etiquetas que obligan a tomar partido a quienes conciben al mundo como dividido en dos partes: los que están a favor y los que están en contra de lo que pienso, de mis convicciones, de aquello con lo que me identifico. El internet resulta más dogmático que la iglesia. Está configurado para ser así.

Pero hay una garantía (quizá la única): sin importar la pertinencia real de los movimientos sociales, siempre tendremos la seguridad de que el internet admitirá aquellos que vendan (¿ya se compraron sus Panam pintarrajeados, por cierto?), porque no es otra su dinámica: lo importante es vender. Netflix tendrá películas protagonizadas por mujeres mientras el feminismo sea rentable. Habrá miles de Youtubers e Influencers diciendo estupideces, mientras la estupidez continúe produciendo ganancias. Habrá teorías conspirativas mientras haya usuarios dispuestos a ver videos donde se puedan proyectar anuncios comerciales. ¿Tiene algo de malo? Probablemente no… no tanto. El problema es no ser conscientes de ello y permitirse vivir en el engaño.

En internet no hay justicia porque no es un tribunal, sino un medio de comunicación. Un medio que, si bien sirve para compartir información y conocimiento (objetivo que le dio origen), ha devenido en una plataforma que permite el comercio electrónico. Así que los temas que parecen relevantes y que llamamos “tendencia” no son sino aquellos que aseguran un tráfico considerable de usuarios. No se viraliza lo importante, sino lo que estimula el interés y permite el despliegue publicitario.

Para este Dios ladino importa lo mismo la última joven desaparecida en Chalco que un gato estrellándose en una ventana. Los algoritmos nos sienten, no empatizan, no tienen ética. Tan reciente es el reino de este nuevo Dios que, en general, no atisbamos siquiera la manera en que sus cardenales mueven las piezas.

Por fortuna, ni la uniformidad del no-pensamiento ni la intolerancia han impedido a algunos demostrar que nosotros, cándidos usuarios de internet, somos un producto más, resultado de lo que el robot de Google y los algoritmos de las redes sociales han decidido que “nos gustaría ser”.

Quizás estemos ante el cuarto golpe a nuestro antropocentismo (después de la teoría copernicana, la darwiniana y la freudiana), y por ende, quizás estemos ante nuestro cuarto gran trauma: no somos nosotros, en nuestra humana complejidad, lo que importa a internet, sino lo que en nosotros puede producirle ganancias a las empresas: gustos, necesidades, intereses, ismos, enojos, exigencias.

Gocemos, pues, mientras podamos, mientras llega el momento en que veamos hacia atrás y nos sintamos increíbemente estúpidos por haber acribillado, de tal manera y tan cobardemente, a tantas personas que decidieron no estar de acuerdo con nosotros.

Este nuevo Dios, tan decidido a moldearnos, a evitarnos la molestia de pensar, analizar, evaluar y decidir, para ser él quien piense, analice, evalúe y decida por nosotros, está muy lejos de morir.

Quizá Nietzsche estaría de acuerdo.

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